Aquella visita indeseada

Al final de la tarde se atrevió a hurtarle un fugaz beso que le estaba tentando desde la boca de ella, ella no se opuso, ambos se sonrojaron y por un momento el encuentro de sus miradas se quebró.

“No seré demasiado cordial”.
“Mis padres me obligan a quedarme en casa. Mientras mis amigos se divierten con las bicicletas por la montaña, yo a aguantar la visita de un amigo de mi padre”.
“Menos mal que, al menos, pude ver Verano azul, esa serie tan chula recién estrenada”.
“Se arrepentirían de obligarme a quedarme en casa”.
“No pienso ni hacerle caso a la visita, me meteré en un rincón y no diré ni pio… a eso no podrán obligarme”.
Durante la comida empezó a preparar su estrategia, dijo que le dolía la garganta al hablar… y no volvió a hablar. Ni después que su madre le hiciera abrir la boca y emitir un prolongado “aaaaaaah” y que ella dijera que era cuento.
“¿Qué sabría ella por muy médico que fuera?”
“Y todo por la visita, de un amigo de estudios de su padre, que trabajaba en el Mercado Común y que volvía a pasar las navidades y a presumir de coche”.
“Que egoístas son mis padres, como ellos no habían salido de España y no podían presumir de cochazo extranjero, enseñarían el chalet y a su hijo… lo exhibirían como a una mascota”.
“Sería como en todas las visitas, enseñarían la casa, habitación por habitación, contando lo mucho que les costó construirla, con mi padre en el ministerio y mi madre pasando consulta en un ambulatorio del extrarradio, después mostrarían al niño, otro de sus logros, lamentándose de los disgustos que ocasionaba su crianza y poder llevarlo al mismo colegio al que fueron su padre y el viejo que los visitaba. Vaya aburrimiento, se sabía de memoria lo que pasaría”.
“—Este es nuestro niño, Javierin —¡Cómo a su madre se le ocurriera llamarle Javierin… montaría una que se acordaran toda la vida!—, ahí donde lo veis es muy listo pero mal estudiante, su tutor dice que es inteligente aunque un poco gandul. Nosotros creemos que es la edad”.
Su madre le había prometido que si resistía media hora con la visita sin portarse mal —en la negociación no pudo conseguir que fuera el cuarto de hora por el que peleó—, le dejaría ir con sus amigos, pero que si empezaba con malas caras se quedaría hasta después que la visita se fuese.
“Estoy en la disyuntiva de ser hijo modelo durante media hora y salir disparado con la bici o mantener mi orgullo, poner mala cara y soportar toda la tarde oyendo como contaban lo bien que lo pasaron en el colegio donde a mí me esclavizan”.
“¡Vaya tarde que me espera!”
“Si pudiera largarme nada más saludarlos sería genial. Intentaré aprovecharme de la confusión de la llegada, los saludo educadamente antes que lo hagan mis padres y mientras los viejos se saludaban me las apaño para largarme, eso traería un castigo seguro, pero cuando me castigaran ya habré subido con mis amigos al monte del Roble y no me importará”.
No era el único plan que había preparado para eludir la visita. Maquinó con Fernando, su mejor amigo, para que este le llamara, por teléfono, a las cinco y cuarto diciendo que necesitaba urgentemente que fuera para ayudarle a preparar los deberes de vacaciones. Como los padres de Fernando y los suyos eran amigos le permitirían salir.
La excursión estaba prevista para cuando acabara “Verano azul”, pero ante la dichosa visita, sus amigos lo esperarían hasta las cinco y media, no podían esperar más para que se les hiciera demasiado tarde.
En ese momento un ostentoso Mercedes entró en la calle del chalet, solo vio la cara del amigo de su padre, los cristales tintados no permitían más.

Aparcó a la puerta, el amigo de su padre bajó apresuradamente y se echó en brazos de su amigo, se adelantaron a su maniobra, para cuando se soltaron su madre estaba a la espera de intercambiar con el visitante un par de besos lanzados al viento. La mujer del visitante, una gran vikinga rubia, hablaba con alguien que viajaba en el asiento trasero y que se resistía a abandonarlo.
Al final salió una chica con el pelo rubio y pinta de pija, que caminó oculta tras la vikinga hasta el chalet, momento en que Javier pudo verla.
Verla y no poder apartar su mirada de ella fue todo uno.
Era un rostro angelical, nariz respingona, labios recogidos, hechos para el beso, mirada cerúlea, promesa de perpetua ensoñación, enmarcado por unos tirabuzones rubios, que devolvían los rayos del sol vespertino transformados en destellos resplandecientes.
Llevaba una cazadora de Lacoste y una minifalda de tablas a juego con su mirada.
La mirada de Javier solo se apartaba de aquel semblante para posarse en los dos incipientes puntales que rompían la tersura de la cazadora blanca.
Los ojos de ella, enfurruñados inicialmente, atenuaron su enojo al tiempo que su azur mirada se aclaró hasta alcanzar el color del ensueño prometido.
Fueron sorprendidos por los besuqueos de los padres del otro, a Javier le molestó sobremanera que a pesar de sus doce años la vikinga le pellizcara los mofletes. Tras esa internacional liturgia volvieron a dedicarse a la mutua contemplación.
Eran de la misma edad y timidez, lo primero lo supieron por boca de sus madres lo segundo lo vivieron.
Se encontraban en plena contemplación cuando a Javier su madre le avisó que debía acudir a casa de Fernando, para ayudarle a preparar los deberes.
Dijo que iría mañana.
Cuando su madre volvió para decirle que podía irse con sus amigos, dijo que no tenía ganas de pedalear.
—¿Te duele la garganta?
—No, estoy bien.
Tres horas dedicaron a contemplarse y a hablar de algo de lo que Javier jamás logró recordar.
Al final de la tarde se atrevió a hurtarle un fugaz beso que le estaba tentando desde la boca de ella, ella no se opuso, ambos se sonrojaron y por un momento el encuentro de sus miradas se quebró.
Cuando se despidieron Javier quiso besarla de nuevo pero el mutuo nerviosismo lo impidió.

Treinta y cinco años después, Javier, casado, más o menos felizmente, con dos amantes oficiales, sucesivas se entiende, muchas otras ocasionales, un tremendo éxito profesional, mantiene en su mirada la melancolía que adquirió aquella tarde.
Desde entonces ninguna noche ha atravesado el umbral del sueño sin revivir aquella imagen orlada de dorados tirabuzones y mirada de cielo mediterráneo, con la que gozó apenas tres horas en su vida, robadas a la bicicleta y a sus amigos, de entre los que habría de salir su mujer, la que le dio tres hijos.
Nunca más volvió a verla, aunque tampoco transcurrió ni un solo día sin que la recordara, aparte de la diaria presencia en sus sueños.
No desesperó de volver a verla para no apartarse jamás de ella.
Su último intento por volver a verla lo realizó cuando acabó la carrera: convenció a sus compañeros de viaje de fin de curso para que este fuera a Bélgica.
Pero tres días antes de la partida su actual mujer le confesó que estaba embarazada.
No hubo viaje y sí una precipitada boda.
Pero el sueño de reunirse con ella aún no le ha abandonado.
Sus padres nunca supieron el daño que le hicieron obligándole a conocer a aquel serafín.
Aunque fue feliz con conocerla.

Alberto Giménez Prieto “Lumbre”


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Un pensamiento en “Aquella visita indeseada”

  1. Qué seríamos de esos besos robados, cuando el reloj se paraba a media tarde, mientras el sol irradiaba esperanza y vida? Qué seríamos sin ese primer amor anotado en nuestra memoria para saber que quizás el pasado no fue tan malo ni el presente es tan fantástico?
    Precioso relato en el que he evocado mi primer beso jamás olvidado.

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