Un abrazo entre madre e hijo

«—Te he dicho mil veces que no quiero que vengas a recogerme al colegio  —y azorado corrió hacia el interior de la vivienda»

 

Al salir de clase vio a su madre, avergonzado se apartó de los amigos con los que salía del aula y con indolencia se acercó a ella que le esperaba junto al utilitario.
Esquivó con agilidad el beso de ella, que se perdió entre la incipiente contaminación.
Subieron al coche, ella le preguntó sobre su actividad escolar. Él, sin soltar palabra, fue directamente al asiento trasero, sin siquiera intentar sentarse en el del acompañante, como hacía los fines de semana que le tocaban con su padre. Se acomodó de tal forma que no se le viera desde el exterior. Al contrario de lo que solía hacer cuando iba con su padre.
Dentro del pequeño habitáculo trató de aislarse de su madre mirando un libro por el que no sentía ningún interés. Durante el corto trayecto solo respondió con silencios o monosílabos a las interesadas preguntas de ella, pendiente únicamente de no ser visto por quienes estaban en la trayectoria del automóvil.
Cuando a la llegada al adosado detuvo el auto, él bajó casi antes de que parara, miró a uno y otro lado de la calle y tras comprobar que no había nadie cerca, con voz trémula y aguda se dirigió a su madre:
—Te he dicho mil veces que no quiero que vengas a recogerme al colegio  —y azorado corrió hacia el interior de la vivienda.
Ella, imperturbable esperó que se abriera la puerta del garaje, aparcó sin prisas, cerró el vehículo, y con parsimoniosa se dirigió hacia la puerta que comunicaba el garaje con la vivienda.
Actitud introspectiva, serio el semblante, fruncidos los labios, circunspecta la mirada, aunque unas chispas que escapaban de sus ojos delataban la falta de espontaneidad de tal parquedad.
Abrió la puerta con estudiada despreocupación y, antes de que pudiera encender la luz, sintió que unos nerviosos brazos atenazaban su cuello…
—¡Mamá, qué ganas tenía de abrazarte!


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