El tablero de Oui-ja. El baño.

 

Un extraño objeto impedía la apertura de la puerta del garaje, un tablero de oui-ja parecido a un parchís. Resuelto el contratiempo deciden quitarse el polvo del camino con un baño en el río. Pero no tienen bañadores… 


El tablero de Oui-ja. El baño. Segunda entrega.


 

—Esta noche podemos tratar de comunicarnos con algún muerto —propuso Quique.
Nuria que se había atrevido a tocarlo retiró la mano bruscamente y dio un paso atrás al oír lo planteado por Quique.

Precipitadamente todos se arremolinaron en torno a él que, ignorando la evidente repulsa que le producía a Nuria, sacó de la caja un tablero de plástico color crema, poco coherente con las tétricas cualidades que se le atribuían y en el que figuraban letras números y algunas expresiones coloquiales básicas. Sacó también un aro de plástico negro que en una de sus caras llevaba incrustadas cinco bolas de acero para que se deslizara con más facilidad.
El color del tablero hizo que Nuria relajara su posición.
—Parece un parchís raro —dijo Nuria.
—Esta noche podemos tratar de comunicarnos con algún muerto —propuso Quique.
Nuria que se había atrevido a tocarlo retiró la mano bruscamente y dio un paso atrás al oír lo planteado por Quique.
—Ay, por favor Quique, no seas ordinario…
En ese momento regresaban los encargados del aprovisionamiento. Se apretujaron con a los que observaban aquel tablero, queriendo tocarlo y emitiendo sus opiniones. Solo Nuria y Alberto permanecían alejados, ella arrogante, él farfullando motivos religiosos, aunque en sus semblantes ondeaba un miedo ancestral.
—Es un instrumento diabólico, que nos acarreará males que ni os imagináis —Alberto trataba de ser contundente en su admonición pero un ligero temblor en la voz lo desmentía.

La carencia de un lugar adecuado para ducharse estimuló la imaginación de los jóvenes, que propusieron los métodos más peregrinos que puedan imaginarse

Cuando todos hubieron saciado su curiosidad, ignorando a Alberto y sus prédicas, repararon en su estado de aseo tras su paso por el “garaje”. La carencia de un lugar adecuado para ducharse estimuló la imaginación de los jóvenes, que propusieron los métodos más peregrinos que puedan imaginarse. Venció la propuesta de Marta, que por ser la más necesitada de una limpieza en profundidad, al haberse rebozado en la polvareda centenaria del establo, pues sembraba dudas acerca del color de su piel. Propuso ir a bañarse al río que pasaba a pocos metros de la parte trasera de la casa.
La propuesta se acogió con entusiasmo por todos.
El problema surgió cuando Quique, ante la manifestación general sobre la carencia de bañadores, propuso “hacerlo en pelotas”. La propuesta se estrelló con el rechazo innegociable de Alberto. La circunspecta mirada que Nuria dirigió a Alberto planteando la pregunta que no se atrevía a verbalizar y el correctivo visual que él dedicó a su novia, no dejaron dudas a la muchacha sobre lo que debía hacer. Marta a petición de Quique los condujo a aquel lugar donde todos la siguieron. Al llegar al meandro, Quique, para sofoco de Marta, llegaba completamente desnudo y sin esperar señal de partida se zambulló en las cristalinas aguas.

Pudo oírse la discusión entre Nuria y Alberto en la que este le llamaba puta por habérsele pasado por la cabeza bañarse desnuda.

La espontaneidad de Quique empujó a los varones a imitarle, excepto Alberto, que encontró un privilegiado rincón en la orilla desde el que poder contemplar cómodamente la representación que intuía. Su religión no le impidió observar atentamente a las muchachas. Con los tres varones en el agua, Marta se desvistió parcialmente dejándose puestas las bragas y el sujetador y cuando se disponía a entrar en el agua Elena llamó su atención.
—Pero Marta no seas mojigata, ¿Vas a entrar así? Chica… estamos en pleno siglo veintiuno —Elena al mismo tiempo que reprendía a Marta se había desnudado completamente, aunque a ella nunca le hicieron falta motivos para hacerlo.
Marta y Elisa se miraron, se encogieron de hombros y completaron la deshabillé, no así Nuria quien tras la mirada que intercambió con Alberto se bañó provista de la ropa interior.
Cuando todos menos Alberto, que en ningún momento abandonó su estratégica posición, estuvieron libres del polvo del garaje y medianamente secos, se vistieron y volvieron a sus habitaciones a prepararse para ir a comer al pueblo.
Desde cualquier rincón de la casa pudo oírse la discusión entre Nuria y Alberto en la que este le llamaba puta por habérsele pasado por la cabeza bañarse desnuda. A nadie se le escapó que a este paso aquella relación tenía los días contados.

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