El tablero de Oui-ja. Incomunicados.

 

Libres del polvo del garaje y medianamente secos, vuelven a sus habitaciones a prepararse para ir a comer al pueblo. Desde cualquier rincón de la casa puede oírse la discusión entre Nuria y Alberto en la que este le llamaba puta por habérsele pasado por la cabeza bañarse desnuda.


El tablero de Oui-ja. Incomunicados. Tercera entrega.


Como a Rubén la comida no le había absorbido la atención, reparó en un viejo televisor arrinconado tras botellas de ignotos licores y pidió al cantinero que lo conectara.

En el bar cuando preguntaron dónde estaba el comedor el propietario señaló con un movimiento de cabeza las tres mesas agrupadas entre la barra y la parte del local destinada a pequeño bazar de todo tipo de artículos… a excepción de los que ellos buscaban esa mañana. Decididamente sus necesidades no coincidían con las de los habitantes del pueblo. Eran unas mesas de madera maciza, las mismas en que vieron jugar al dominó la tarde anterior y unas sillas de enea.

Un agradable aroma de comida “antigua” que había desahuciado el característico olor a vino rancio les dio la bienvenida. Pero aquellos efluvios no agradaron a todos.

Rubén, desde que entró, mostró una repugnancia sin ambages y a Elisa tampoco pareció agradarle el potente aroma que emanaba  la comida que les aguardaba.

La mujer del tabernero, henchida de satisfacción, llegó portando una sonrisa y una olla humeante de la misma talla. Empezó a servirlo en los profundos platos que esperaban ante cada asiento, al tiempo que relataba que el guiso de cordero lo aprendió de su abuela que, a su vez, copió el de la madre de esta.

Refirió orgullosamente los ingredientes empleados y su procedencia natural.

Elisa no dejó que le sirviera más que un par de cucharadas, Rubén no quiso ni probarlo y pidió un bocadillo de jamón, a ser posible de York, desoyendo los comentarios de Quique, que se deshacía en halagos sobre el estofado.

—Si quiere ver niebla se lo enchufo, pero aquí no llega ninguna señal, ni de televisión ni de la “arradio”. Va pa diez años los políticos prometieron que tendríamos de todo, hasta teléfonos de esos sin hilos, pero cuando terminaron las elecciones olvidaron lo prometido…

La mujer del tabernero, tras aquel desplante, al que no estaba acostumbrada,  dejó la olla sobre la mesa y se retiró, callada pero visiblemente ofendida por el desprecio sufrido. Fue el bodeguero quien, con un gesto huraño en el semblante, portó la gran fuente de pararas fritas que recibieron con aclamaciones, incluso por Rubén, pero tras probarlas mudó su opinión porque tenían un gusto muy raro, no sabían cómo las que comía en su casa. Marta y Quique le dijeron que estas eran del terreno, no congeladas y fritas con aceite de oliva, no de girasol. El veredicto de Rubén fue tajante: “No tiene ni puta idea de freír unas patatas y el jamón que hacen aquí tiene mucho blanco”. Solo las cervezas resultaron de su gusto a juzgar  por las que consumió.

Como a Rubén la comida no le había absorbido la atención, reparó en un viejo televisor arrinconado tras botellas de ignotos licores y pidió al cantinero que lo conectara.

—¿Os habéis dado cuenta que llevamos casi un día sin móvil y no pasa nada? —Preguntó Simón y aunque la pregunta no era retórica, nadie respondió.

—Si quiere ver niebla se lo enchufo, pero aquí no llega ninguna señal, ni de televisión ni de la “arradio”. Va pa diez años los políticos prometieron que tendríamos de todo, hasta teléfonos de esos sin hilos, pero cuando terminaron las elecciones olvidaron lo prometido… y eso que ganaron. Pa las siguientes ni asomaron por aquí y en las últimas ni nos mandaron los sobres para las papeletas. Estamos en el culo del mundo y nadie se acuerda de nosotros más que para pedir dinero. De los impuestos no se olvidan.

—¿Y para llamar por teléfono cómo se las arreglan?

—Si es una urgencia vamos al ayuntamiento, allí hay uno de esos que funcionan como una arradio militar, ese es el número —señaló una cuartilla fijada a la pared—. Cuando quieres hablar con la familia vas a La Encina y desde allí se llama.

—¿Entonces no tienen teléfonos como este?  —Rubén mostró su móvil de última generación.

—Aquí ese trasto es más inútil que esto  —Y el tabernero le mostró un cepillo casi sin cerdas—. ¿Para qué lo queremos si hay que ir también a La Encina para poder llamar. Antes te subías al otero de la Alcazaba y algunos días podías llamar, pero desde que se pegó fuego el monte nadie se preocupó de reparar el repetidor, dicen que para tres líneas que hay aquí no vale la pena.

—¿Os habéis dado cuenta que llevamos casi un día sin móvil y no pasa nada? —Preguntó Simón y aunque la pregunta no era retórica, nadie respondió.

Aún no sabían lo pronto que les haría falta un teléfono.

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