El tablero de Oui-ja. La partida.

Tablero de ouija

 

Marta escapa al campo, a la propiedad de su abuela, a la que apodan la bruja. Escapa harta de las peleas de sus padres. Un nuevo relato por entregas, una de mis historias sorprendentes del lado oculto que comparto con vosotros.


El tablero de Oui-ja. La partida. Primera entrega.


—¡Coño! Si es un tablero de esos que se usan para hablar con los muertos —exclamó Quique.

Cuando Marta comentó a sus padres la intención de ir a Ollejos con un grupo de amigos, a pasar el puente en casa de la abuela, esperaba recibir una negativa.
Aún no sabía que sus padres acababan de tener una bronca de las que hacen época. Empezó pidiéndoselo a su madre, que como esperaba se encerró en una negativa ausente de cualquier motivación que fue reiterando ante cada nueva tentativa.
La sonrisa sardónica de su padre, presente durante la intentona, no auguraba mejor resultado, cuando su madre harta de aguantarla la remitió a él.
—Si me prometes que no haréis tonterías ni revolveréis las cosas de mi madre, tienes permiso —respondió sorpresivamente su padre.
Marta dudó de lo que había escuchado y al mirar a su madre para salir de dudas supo, por el súbito enrojecimiento del rostro de esta, que había oído bien.
—Claro que nos portaremos bien y además limpiaremos la casa, que falta le hará. Ya hace dos años que murió la yaya y nadie ha ido desde entonces —Marta trató de que entrara algo de aire fresco en aquel ambiente tan tenso.
Su padre con una sonrisa, ahora triunfal, en el rostro miró desafiante a su mujer, ella dejó de mirarlos y quiso aumentar en aquella habitación la distancia que la separaba de su marido. Era imposible.

Quería evadirse de aquella realidad de las constantes peleas entre sus padres. Hubiera querido hundirse en el colchón. Hubiera querido que sus padres muriesen…

—Si cuando lleguéis hay alguna puerta o ventana abierta, no entréis, volvéis hasta La Encina, lo ponéis en conocimiento de la guardia civil y me llamáis por teléfono —dijo su padre cuando ella salía.
—No creo que nadie se atreva a entrar en la casa de una bruja —comentó su madre.
— ¿Has llamado bruja a mi madre?
— ¿Acaso no lo era? La gente del pueblo opina que…
Marta huyó del nuevo altercado de sus padres. Desde hacía algún tiempo era la única relación que subsistía entre ellos. Se refugió en su habitación, se dejó caer en la cama y se cubrió la cabeza con la almohada. Quería evadirse de aquella realidad de las constantes peleas entre sus padres. Hubiera querido hundirse en el colchón y no volver a escuchar jamás aquellas voces. Hubiera querido que sus padres muriesen…
Con un poco de suerte el próximo año Quique tendría un trabajo y podrían pensar en irse a vivir juntos y olvidar a sus padres. Le fastidiaba tener que pensar en una dependencia para librarse de otra. Con sus veintidós años era ridículo tener que contar con el beneplácito de sus padres para cualquier cosa. Por otra parte solo le faltaba un curso para acabar la carrera y algún trabajo encontraría cuando la acabara.

El viernes, cuando sus amigos acudieron a recogerla, casi había olvidado la pelea de sus padres, pero el odio mutuo que mostraban sus miradas cuando se encontraron para despedirla se la volvieron a recordar.
Durante el trayecto estuvo inusualmente callada, como le hicieron notar sus compañeros. En principio, lo negó, pero la necesidad que sentía por desahogarse hizo que, mediado el trayecto, les contara el problema de sus padres.
Cuando tras seis horas de viaje entraron en la propiedad rural de su abuela, amanecieron nuevos problemas que le ayudaron a olvidar los desencuentros de sus padres.
Primero la dificultad para abrir la oxidada cancela que daba acceso, a través de un umbrío camino, al garaje, que no era otra cosa que la reconversión de un antiguo establo. Cuando se pudo franquear la verja entraron los dos coches pero volvieron a detenerse ante la puerta del garaje que resistió a todos sus intentos por abrirla.
Decidieron que los vehículos quedarían allí bajo una frondosa sombra y al resguardo del exterior.
El reparto de las habitaciones se completó sin problemas, la prexistencia de parejas era notoria, aunque se lo hubiera negado a sus padres y sobraban habitaciones para albergar a cuatro parejas.
Se acercaron al pueblo, distante apenas doscientos metros, a tomar unas birras.

Se lanzaron vehementes a practicar el anhelado sexo, otra cosa que malogró la bebida

El buen recibimiento que tuvieron por el dueño del único bar y los precios, irrisoriamente bajos, les hicieron prolongar la visita. Cenaron algún embutido y hasta tomaron unas copas después, comprometiéndose a acudir a comer al día siguiente un guiso de cordero que prepararía la mujer del tabernero y que este les vendió con suma facilidad.
Volvieron a la casa envueltos en vapores alcohólicos, el bajo precio de las copas no era coherente con su graduación.
Esas emanaciones impidieron el desarrollo de la tertulia que se proponían y cuando se retiraron a sus respectivas habitaciones, como era de esperar en parejas que viven separadas, se lanzaron vehementes a practicar el anhelado sexo, otra cosa que malogró la bebida, sin que ni aun los que llegaron a practicarlo quedaran satisfechos.
Otra cosa que quedó aplazada para el día siguiente.

Cuando la insolente luz del mediodía les despertó descubrieron lo lastrados que se encontraban por la resaca. Se arrastraron hasta la cocina para intentar apagarlas con agua, que tras esforzados ensayos extrajeron del pozo después de empujar cansadamente la palanca de la bomba manual. En ese momento advirtieron que no disponían de nada para desayunar. La mitad de la expedición fue comisionada para aprovisionarlos.
Al salir les aguardaba otra sorpresa. Los dos automóviles estaban completamente cubiertos de excrementos de los estorninos que moraban en los árboles, bajo cuyas ramas los cobijaron. Los que se quedaban en la casa se comprometieron, con Marta a la cabeza, a abrir el garaje.
Tras el exhaustivo engrase del candado que trababa la entrada sirviéndose de una pequeña aceitera que encontraron sobre una vieja máquina de coser, lograron que se abriera pero resultó imposible desplazar la puerta, a pesar del empeño que pusieron. Llegaron a la conclusión de que algo, en el interior, impedía que la puerta se deslizara. El problema y la solución estaban en el interior.
Marta se acordó de una ventana en la parte trasera. Fueron hasta ella. Les pareció diminuta. Quique tras manipularla repetidamente la abrió sin necesidad de romper el cristal. Otra cosa sería atravesarla. Tras varios intentos desistió.
—¿Qué miras? —inquirió Marta.
—Creo que tú cabrías por ahí —dijo Quique señalando la ventana.
Marta iba a protestar, pero antes de encontrar un argumento con que hacerlo se sintió alzada en brazos de él hasta el hueco. Marta metió los brazos, con alguna dificultad introdujo el tórax y con impulsos reptantes se fue introduciendo. Esperó que la vista se acostumbrara a la penumbra del lugar. Cuando lo logró comprobó que era más fácil de lo que pensaba.

Era liviano pero estaba encajado bajo la puerta e impedía su desplazamiento. Lo sacó a cambio de romperse dos uñas

Directamente debajo de la ventana había un banco de carpintero lleno de cachivaches. Desde donde estaba despejó el lugar en que se dejaría caer. Cuando la nube de polvo que provocó se posó se dejó caer y, ya demasiado tarde, recordó que no había ducha en la casa, solo una bañera que había que llenar transportando cubos de agua desde la cocina.
A la luz que se colaba por la ventana vio aquel universo de cacharros inservibles sobre los que unos traviesos rayos de luz jugaban con el polvo que removió Marta.
Fue hasta la puerta, a través de cuyos resquicios se esforzaba en entrar la luz. Al llegar vio un paquete cuadrado de gran superficie pero de poca altura junto a la puerta. Era liviano pero estaba encajado bajo la puerta e impedía su desplazamiento. Lo sacó a cambio de romperse dos uñas, lo dejó a un lado y ayudada por los empujones que propinaban sus compañeros desde fuera abrieron la puerta.
La atmósfera del lugar seguía asaetada por rayos de luz que pretendían atrapar los millones de partículas del polvo removido.
—Eso es lo que impedía que se abriera —dijo Marta señalando la caja.
Quique la miró, mientras Nuria y Alberto entraban para ver el lugar en que meter su coche.
—¡Coño! Si es un tablero de esos que se usan para hablar con los muertos —exclamó Quique.

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