El tablero de Oui-ja. La sesión.

 

«Incomunicados»: En la entrega anterior…  «—¿Os habéis dado cuenta que llevamos casi un día sin móvil y no pasa nada? —Preguntó Simón y aunque la pregunta no era retórica, nadie respondió.
Aún no sabían lo pronto que les haría falta un teléfono».


El tablero de Oui-ja. La sesión. Cuarta entrega.


La comida, bien regada, consiguió levantar el ánimo a los excursionistas y en su euforia se prometieron lavar en cuanto llegaran a la casa los coches, pues según decía el tabernero, los excrementos de los pájaros se cargaban la chapa de los vehículos en días, por eso no se veían coches aparcados por las calles del pueblo.
—Me estoy acordando cuando Simón le preguntó si para la noche nos podría preparar ocho hamburguesas y el pobre hombre dijo que de hamburguesas… hamburguesas no, pero podía prepararnos unos bocadillos de chorizo y Simón le dijo que serían un buen sucedáneo y él cabreado ha contestado que de sudano de ese nada, que eran de la matanza de un gorrino suyo.
Rieron recordando el momento. Cuando llegaron a casa la vehemencia por los efectos alcohólicos habían decaído y la somnolencia se había apoderado del grupo, por lo que pospusieron el lavado de los vehículos a una merecida siesta. Se retiraron a sus habitaciones donde recordaron la tarea postergada la noche anterior y la siesta fue precedida por el sexo, que se hizo evidente por lo sonoro.
El horario acordado se rebasó a pesar de que Alberto, al que su discusión con Nuria dejó sin sexo, estuvo trasteando sonoramente por la casa.
A la caída de la tarde fueron apareciendo por el salón, habían perdido definitivamente los ánimos para lavar los coches, pero la machacona insistencia de Quique, propietario de uno de ellos, les obligó a emprender, con desgana, la engorrosa tarea.

Con la juerga abortada volvieron a la casa, allí no tenían más diversión que los equipos de música de los coches y ese supuesto no les apetecía.

La labor se convirtió en diversión gracias a la apetecible frescura del agua del pozo y al espíritu de divertimento que siempre los acompañaba. La faena se prolongó hasta que recordaron que alguien debía acudir a recoger los bocadillos.
Lo pensaron mejor y decidieron que se los comerían en la taberna para acompañarlos de cerveza fresca.
Tomaron los bocadillos de chorizo de orza sin que, aparte de Rubén, nadie echara en falta las hamburguesas.
Sintieron la tentación de prolongar la velada, como el día anterior, pero el cantinero no lo permitió en esta ocasión, al día siguiente bajaría temprano a la ciudad a comprar algo de pescado.
Con la juerga abortada volvieron a la casa, allí no tenían más diversión que los equipos de música de los coches y ese supuesto no les apetecía.
Quique propuso algo que esperaba fuera rechazado por todos.
—¿Os apetece que juguemos con el tablero ese de los muertos?
La primera reacción fue estupefacción.
Poco a poco se fue generalizando la curiosidad que acabó convirtiéndose en un interés colectivo, a excepción de Nuria y Alberto que insistían en sus motivos para evitar aquel instrumento del maligno, según Alberto.
Nuria al comprobar lo extendido de la fascinación que despertaba el nuevo entretenimiento fue dejando de criticarlo hasta llegar a mostrase participativa.

—¡No respetáis ni lo más sagrado! ¡Ni la muerte! —Alberto salió dejando tras de sí el eco de sus palabras.

— ¡No irás a perpetrar una herejía como esa! —un Alberto desquiciado conminó a Nuria.
— ¿Si? ¿Por qué no iba a hacerlo?
—Porque lo digo yo. ¿O no es bastante?
—Pues me parece que no es que no sea bastante, es que no es nada. De pronto me entraron unas ganas inmensas de participar.
—Si lo haces no se te ocurra venir a mi cama.
—Marta, ¿puedo ocupar otra habitación?
—Por supuesto. Pero no os lo toméis así, no es más que un juego con el que echar unas risas.
—¡No respetáis ni lo más sagrado! ¡Ni la muerte! —Alberto salió dejando tras de sí el eco de sus palabras.

Cuando la mesa estuvo desocupada, Marta depositó el tablero sobre ella con delicadeza.

Una bruma de postración les envolvió. Se cruzaron miradas esquivas e inseguras. Quique, sin decir nada pero con su aplomo característico comenzó a despejar una gran mesa redonda. Las miradas de los demás siguieron sus evoluciones hasta que Simón, también sin decir nada, se le unió en el empeño. A continuación, uno a uno, se les unieron los demás.
Cuando la mesa estuvo desocupada, Marta depositó el tablero sobre ella con delicadeza. Estaba fabricado en plástico crema claro, era cuadrado y circunscribía un circulo dibujado en marrón oscuro y en cuyo interior y siguiendo la disposición circular, también en color marrón, constaba todo el alfabeto, los diez signos numéricos y los signos de adición, sustracción, igualdad e infinito colocados todos aleatoriamente, formando un segundo círculo más interno habían seis expresiones: “sí, me faltan datos, aproximado, no, no lo sé y pregunta mejor”. La claridad del fondo, del diseño y de los símbolos reflejaba la funcionalidad de los años setenta, sin que nada en el tablero incitara a pensar en fuerzas ocultas o experimentos espiritistas. Fue esa sencillez la que, con su aparente ingenuidad, les indujo a abordar con más temeridad la experimentación con aquel aparato, sin vislumbrar la sorpresa que les acarrearía.

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