La explosión

Explosión

“No sabía cuánto tiempo había pasado desde que se produjo la explosión. ¿Había perdido el conocimiento? Y si era así no sabía durante cuánto tiempo permaneció inconsciente… aunque no debía llevar demasiado tiempo allí. Su reloj interno —hambre, sed, necesidad de orinar o defecar—  no mostraba ninguna urgencia, no debía haber pasado mucho tiempo.”

Abrió los ojos.

Estaba sorprendido… ¡podía ver!

¡Y oía los ruidos del reasentamiento!

La explosión fue devastadora. En treinta años que llevaba en la mina nunca vio una deflagración así, ni oyó hablar de una tan potente y, sobre todo, de tan amplias dimensiones.

Debía ser una explosión de grisú que provocó otra de polvo de carbón, que se propagó por todas las galerías.  

Tendido, como estaba, fue contrayendo y distendiendo cuantos músculos recordaba tener, ninguno parecía estar dañado. Movió su brazo derecho, podía hacerlo sin dificultad. También el izquierdo. Vio que algo se movía junto a una de las maquinas.

“¿Cómo podía ser que después de una detonación tan formidable siguiera iluminada la mina… Los focos son blindados para resistir su propia explosión sin lanzar chispas al exterior, pero de eso a soportar aquella explosión…  aunque… también él la había sobrevivido.”

“Los  puntos de luz que antes iluminaban su sección estaban rotos y retorcidos, pero la galería estaba bañada por una claridad diáfana, aunque le era imposible precisar su procedencia.”

Miró el tambor de acero y efectivamente alguien se movía en sus inmediaciones, siguió tumbado tanteando su anatomía en busca de alguna fractura… aunque no sentía dolor que delatara la existencia de lesiones.

El polvo del ambiente se había posado más rápidamente de lo que cabía imaginar. A no ser que… se pasó la mano por la cara y entre ambas pieles no halló el polvo que debió remover una detonación como aquella… lo mismo estaban forzando la ventilación desde el exterior. Eso explicaría que se aclarara tan velozmente el ambiente y que hubiera tan poco polvo sobre él, a no ser que… como le hubiera gustado llevar un reloj.

“Se iban acercando, eran muchos y parecían jubilosos de encontrarnos. No debían ser los del rescate, porque estaban ataviados con equipos muy antiguos. La cara del que los dirige me suena mucho…”

“No sabía cuánto tiempo había pasado desde que se produjo la explosión. ¿Había perdido el conocimiento? Y si era así no sabía durante cuánto tiempo permaneció inconsciente… aunque no debía llevar demasiado tiempo allí. Su reloj interno —hambre, sed, necesidad de orinar o defecar—  no mostraba ninguna urgencia, no debía haber pasado mucho tiempo.”

“Era Fermín el que se levantaba junto al tambor, parecía estar bien. Como yo. Así que arriba. Habrá que orientar a quienes vengan a rescatarnos.”

— ¿Estás bien Roque? —le preguntó Fermín

—Sí, veo a algunos más.

—Sí, mira por ahí vienen unos cuantos. ¿Serán los del recate?

“Se iban acercando, eran muchos y parecían jubilosos de encontrarnos. No debían ser los del rescate, porque estaban ataviados con equipos muy antiguos. La cara del que los dirige me suena mucho…”

— ¡Coño… eso no puede ser! —Fermín está histérico.

“El que los dirige es Jacinto y va con su hermano… los dos murieron en el derrumbe de hace ocho años…”

“¿Entonces…?”         

Un asunto más

ALBERTO GIMÉNEZ PRIETO
«Lumbre»
Portada de la novela Un asunto más, de Alberto Giménez Prieto

¿De qué va?

Un abogado valenciano,  sin saberlo él mismo y a través de un divorcio que le encargan, nos irá descubriendo la callada actividad de las mafias que trafican con personas. Y más concretamente, las que se dedican a transportar la mano de obra subsahariana o el tráfico de mujeres procedentes del este de Europa, a través de intricados procedimientos. Dos muchachas, voluntarias de una ONG, tratarán de desenmascararlas, sin importarles el riego que corren. En esta novela se cruzan la corrupción, la violencia de género y sobre todo la sorpresa.

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