La última tormenta -II-

 

 


Esto es angustioso.
El poco respeto que tras años de matrimonio y paternidad había conseguido hacía mi figura está desapareciendo a la carrera, nadie en casa respeta mis opiniones.


 

 

 

Andan todos revueltos en contra mía, no tienen una visión global del asunto: total porque a mi suegro le sangra la nariz… y las encías… y tiene los ojos rojos como un tomate

 

La oscuridad que nos rodea sigue ribeteada por los destellos de la tormenta seca que no ceja, los rayos no ofuscaban nuestra vista a pesar de la oscuridad que nos rodeaba, debe ser porque se producen dentro de esas nubes, que más que celajes, son humo y polvo en suspensión. La primera noche cayó una lluvia seca, cálida, espesa y maloliente.
No pido que funcione el teléfono y el ordenador, pero al menos quisiera que tuviéramos la televisión o… si no puede ser que menos que la radio, pero sin esas cosas, cómo vamos a informarnos, cómo sabremos lo que hay que hacer. Esto es angustioso.
El poco respeto que tras años de matrimonio y paternidad había conseguido hacía mi figura está desapareciendo a la carrera, nadie en casa respeta mis opiniones. El fatalismo empuja a los miembros de esta familia hacia un anarquismo pasivo que destruirá las bases de nuestra civilización, ninguno quiere hacerme caso en lo que les mando. Si no me obedecen no creo que sobrevivamos, esto que está pasando no creo que sea una tormenta, esto es… es algo mucho más grave… más letal y esta gente se empeña en hacer su santa voluntad sin respetar la autoridad que me da la experiencia.
Mi mujer y mi suegro acatan mejor las opiniones de mi hijo que las mías. ¿Qué puede saber de la vida un niñato como él?
La idea que tuvo sobre el agua fue verdaderamente buena. Los depósitos estaban casi llenos y consiguió abrir la conexión del nuestro hacia la red de agua potable, con lo que volvimos tener agua en la casa, al menos por un tiempo. Para suplir el agua que gastemos, iremos rellenando nuestro deposito con el agua de los otros mediante un cubo. Disponemos de agua para días si no la malgastamos. Aunque al principio nos pareció que tenía un sabor horrible, ya nos hemos acostumbrado. Todos tenemos diarrea, pero antes de beber de esa agua también la teníamos.
Lo malo del episodio ha sido que mi hijo exige que contemos con su opinión para cualquier cosa, su madre, que antes no le hacía caso, ahora le apoya.
Andan todos revueltos en contra mía, no tienen una visión global del asunto: total porque a mi suegro le sangra la nariz… y las encías… y tiene los ojos rojos como un tomate ¡Quién pudiera enganchar un tomate fresco!, aunque tuviera poco sabor… solo comemos conservas y van quedando pocas… Pues por una minucia como las cuatro gotas de sangre de mi suegro quieren que lo acompañe hasta un puesto médico. Si ni tan siquiera sabemos si habrá alguna posta sanitaria, con este desastre ¡Vaya usted a saber! Y aunque la haya ¡Quieren que arriesgue mi vida porque al viejo le sangra nariz! No te jode…

 

 

No vamos a morir nosotros de hambre mientras en su casa se pudren los manjares que guarda.
Sé que si estuviera vivo compartiría sus alimentos con nosotros.

Tras mucho discutir he conseguido que se aplace un día y he convencido a mi hijo para que hagamos una incursión en casa del vecino, del muerto, para conseguir alimentos de los que él guarda allí. No ha sido fácil convencerlo, no dejaba de reprocharme que no hubiéramos hecho nada por socorrerlo y que ahora, según dice el niñato, nos queramos aprovechar de él cuando está muerto. Me ha exigido que anotemos todo lo que nos llevemos, y que yo lo firme para que sus herederos puedan cobrarnos. Le he dicho que si para que se callara.
Después que mi hijo solucionara lo del agua, atranqué la puerta con los muebles que pude, para evitar, o al menos retardar, un posible ataque de los saqueadores.
Ahora tendré que retirarlos, pues hay que ir a casa del vecino de la mantequería, vive… vivía en el piso de abajo y sé que en su casa almacenaba gran cantidad de artículos, los de más valor, el mismo me dijo una de las veces que le robaron que ahí estaban más seguros. Los tiene en la parte de planta baja que le corresponde y no usa como garaje.
No vamos a morir nosotros de hambre mientras en su casa se pudren los manjares que guarda.
Sé que si estuviera vivo compartiría sus alimentos con nosotros.
Entraremos por el piso que se comunica desde dentro con la planta baja, así no nos vera nadie forzar la puerta de la calle.
Después de desbloquear la puerta del piso, mi hijo ha tenido a bien venir a ayudarme, salimos a la escalera procurando no hacer ruido. No debe haber nadie en la finca, solo somos tres vecinos: el cadáver del de abajo está tirado en la calle y los vecinos de arriba huyeron pocos días antes, cuando se rumoreó lo de una guerra inminente.

¡Padre eso no es necesario para nuestra supervivencia!, me ha reprochado. Ahora no… pero en el futuro nunca se sabe, he tratado de excusarme.

Tras un buen rato en la escalera hemos empezado a bajarla, es peligrosísimo, entre la oscuridad y lo que resbala el mar de ceniza que lo cubre todo. He estado escuchando: solo he podido percibir el chisporroteo de los relámpagos y el lejano griterío de saqueadores y saqueados, afortunadamente nuestra finca no ha llamado la atención de los merodeadores.
La puerta de nuestro vecino está cerrada… tenía la esperanza de que no la hubiera cerrado al salir tan deprisa de su casa… Habrá que forzarla.
He vuelto a casa a por algo con que reventar la entrada del tendero, al entrar en la casa el olor a quemado sucumbe ante el de descomposición, no es extraño todos estamos con colitis y no podemos permitirnos el lujo de desperdiciar agua. No sé qué usar contra la puerta… es desesperante no tener luz, debo recordar las herramientas que tengo en casa y donde estan… Tengo muchas cosas pero nunca se me ocurrió comprar unas velas para cuando se fuera la luz…
Mientras tanteaba en el trastero he tenido el honor de que mi hijo se dirigiera a mí: esto te puede servir, me ha dicho. Y ha encendido el mechero. Al brotar la llama sentí un agudo dolor en los ojos, ya estamos acostumbrados a la oscuridad.
Con la llama del encendedor ha sido más fácil encontrar lo que precisaba: una pata de cabra que se dejaron los de las mudanzas.
“Acompáñame” le dije tas tomar palanca y encendedor.
Milagrosamente ha hecho caso y oigo sus pasos tras de mí.
Cuando me dispongo a forzar la puerta me suelta: “Hace unos días me echaste una bronca de aquí te espero porque me sorprendiste mirando cómo se duchaba la vecina de enfrente, que, seguramente, se había dejado abierta, adrede, la ventana del baño. Casi me pegas porque fumo y ahora me pides que te ayude a forzar la puerta de un vecino al que mataron mientras nosotros lo contemplábamos impasibles desde la ventana. Espero que no vuelvas a hablarme de moral en la vida”.
Oí que volvía a subir las escaleras, en el momento en que la puerta cedió.
Podríamos comer.
En el piso del tendero olía a podrido. La suerte está de mi parte: sobre el taquillón de la entrada había un candelabro de cinco brazos con sus respectivos cirios. Encendí uno de ellos y empecé a recorrer el piso. ¡Que callado se lo tenía el vecino! Vivía como un marqués, él, quien siempre iba con el viejo mandil, habitaba un palacio incrustado en un piso como el mío… ¡Que cantidad de cuadros y muebles lujosos! Pero que mal huele… Estaba cenando cuando salió a espantar a los saqueadores y se ha podrido lo que iba a cenar… los cubiertos son de plata… de plata auténtica.
¿Qué ruido es ese? Parecen pasos… mi hijo se había ido, lo oí subir la escalera. Mejor apago la vela… sea quien sea le costará más encontrarme.
He oído la voz de mi hijo que llamaba: Padre, padre. ¿Eres tú?, le he preguntado, sabiendo que era él. Sí, he vuelto para ayudarte. De nuevo he encendido la candela. Ha vuelto provisto del capazo que mi mujer utiliza para la compra. ¿Has encontrado algo que se pueda aprovechar?, me pregunta. Todavía no, respondo. Hay que buscar una escalera de caracol que va a la planta baja. Ha cogido una de las bujías y con ella encendida se va en busca del acceso a nuestra salvación.
He entrado, por error, en una de las habitaciones y no podía creer lo que veía: sobre un sifonier y dentro de un estuche de metacrilato siete relojes Rolex de oro. No funcionan, ¡pero son de oro!, pensaba que mi hijo andaba buscando la escalera y he empezado a metérmelos en los bolsillos, en el momento que mi hijo volvía para decirme que había encontrado la escalera.
¡Padre eso no es necesario para nuestra supervivencia!, me ha reprochado. Ahora no… pero en el futuro nunca se sabe, he tratado de excusarme. He tardado quizá demasiado en intentar recuperar mi posición de prevalencia. Y a ver si dejas de cuestionar todo lo que hago, he añadido demasiado tarde. ¿Aunque sea robar?, me ha contestado. ¿Es esa la autoridad moral que predicas? ¿La que debo seguir?


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