Reseña sobre Colección de Quimeras y Momentos


Todos los capítulos, sean de quimeras o momentos, resultan de la introspección de la autora que, como no podía ser de otra forma, termina abrumada por las miradas que confluyen en ella

 
¡Albricias! 
En esta ocasión alguien nos sorprende con algo infrecuente hoy en día, con una obra escrita para el lector activo o, como se diría en la actualidad, una obra interactiva, se trata de una lectura que sin dejar de serlo nos  sumerge en una serie de deducciones, se convierte en investigación, en una aventura… Ideal para el lector perspicaz.
 Se trata de una colección, como la propia autora denomina, de breves textos, perfectamente zanjados, a pesar de su concisión, que describen con un vocabulario lirico a la vez que preciso las sensaciones de la autora frente a unas propuestas infundadas o unos hechos cotidianos, según la parte del libro en que nos hallemos.
La autora pretende  que el lector colabore con ella en la trascendencia de la obra, no por incompleta que, como hemos dicho, no lo está, sino para establecer una complicidad en el completo entendimiento de lo tratado, de cuya concreta identidad  ella alivió el título de cada capítulo de  la misma. El lector, abstrayéndose de la cotidiana rutina, puede captar el completo significado del escrito, al que se ha despojado de toda la palabrería baldía con que solemos describirlo, buscando referir solo su permanencia, su esencia.
Inicia la obra con una introducción reveladora de lo que nos espera y que desde su comienzo nos guía: “La mente reflexiona cuando, libre del entorno que la engulle, tuerce su mirada censurada”  la regla es clara: debemos desvincularnos de todas la distracciones que propicia el contexto en que nos desenvolvemos y centrarnos en lo que nos narra.
Designa los capítulos simplemente con numeración romana y entra directamente a describir, sin anunciar, lo que pretende, ensoñación u observación, dejándonos los datos esenciales y precisos del tema, no duda en ir desgranando indicios que como migas de pan nos encaminaran a lo largo del relato y nos conducirán a su entera comprensión.
Para esta nos deja meridianamente claras las pautas de lectura y después de las rúbricas de las dos partes en que divide el libro, nos da la clave de lo que vamos a leer: antes de la parte dedicada a las quimeras nos describe globalmente el advenimiento de esa parte del libro “imagen atrapada de escurridizos delirios. Donde se aleja la vigilia y se posterga la cordura”, con lo que nos anticipa, o recuerda, los materiales con se construyen las quimeras y entona el espíritu del lector para seguir en su lectura.
Cuando pasados quince capítulos entremos en el terreno de los momentos, también encontraremos las palabras mágicas que dan la clave de su lectura “Inequívoco ahora de elocuente turbación. Vacío infinito de exhausto discernir”  nos adelanta que entramos en la interpretación que la autora hace, no ya sobre ensoñaciones o propuestas imposibles, sino sobre experiencias y vivencias cotidianas, tratadas con el mismo sigilo que utilizó para las quimeras, aunque en este caso al tratarse de hechos más objetivos, más arraigados, nos resultaran más rápidamente identificables.  
La intención de la autora queda patente en el capítulo XIX, de los momentos, penúltimo de la obra, cuando al diferenciar sobre búsqueda y encuentro nos pone sobre la pista de la lectura que precisa este libro que transita entre las permanencias, lo invariable de sueños, realidades y la cotidianeidad de hipocresía y embuste. Necesita esta obra de una lectura activa, en búsqueda, evitando la pasiva del encuentro.
Es la “búsqueda” del lector, mediante una atenta lectura, un espíritu deductivo e interpretativo de lo que se lee, lo que precisa esta breve aventura literaria, en la que el lector, junto a la autora se convierten en protagonistas.
Todos los capítulos, sean de quimeras o momentos, resultan de la introspección de la autora que, como no podía ser de otra forma, termina abrumada por las miradas que confluyen en ella, en su interior, aunque admite que esa confluencia de miradas, que ella permitió e incluso pretendió,  en nada varían el rutinario devenir del mundo exterior.
Se trata de una obra rompedora con lo que estamos acostumbrados a leer últimamente y que incita a relecturas de la misma. Muy recomendable.
     Alberto Giménez Prieto

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