Solo le quedaba el consuelo de una pobre venganza: escuchaba, a todo volumen y con las ventanas abiertas, “a las barricadas”

Siempre había odiado los ruidos, habían sido el origen de no pocas disputas conyugales, había creado su estructura vital en torno al anhelado silencio, cambió electrodomésticos, sustituyó puertas, reforzó el aislamiento de tabiques, duplicó el acristalado de las ventanas y aún así, sus momentos dedicados al deleite de la música seguían siendo destrozados por los fanáticos llamamientos divinos del bronce de las campanas eclesiales, que en su proselitismo desesperado competían y asolaban la modesta creación de la humana mente de Chopin y ante el desequilibrio de las fuerzas él tenía que acallar el piano del polaco hasta que el metal sagrado decidiese cesar en su busca de prosélitos. Solo le quedaba el consuelo de una pobre venganza: escuchaba, a todo volumen y con las ventanas abiertas, “a las barricadas” cuando la silenciosa procesión de semana santa recorría su calle agrupando el desfile de adictos y comparsas.
Ahora, en la oscuridad, que durante tanto tiempo se ha prolongado, en medio de un silencio inmaculado, querría oír el tañer de las campanas para acogerse a la esperanza de encontrarse en el mundo de los ruidos… en el mundo de los vivos.

Alberto Giménez Prieto “Lumbre”


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