Un Bourbon doble y una rubia simple

Esta historia que os presento a continuación, ‘El personaje’, recibió el segundo premio de relatos en el XII Certamen Literario de Relato y poesía Alfambra 2018, convocado por el Grupo Literario Cultural Alfambra.

Dos amigos de la infancia se encuentran. Salvador es una persona totalmente normal con una vida normal. Benito, un escritor de reconocido éxito que ha convertido a su amigo en un héroe de novela…


El personaje


–¿Que vas a querer, chato?
–Un Bourbon doble y una rubia simple

Desde que empezó a firmar ejemplares de su última novela, estaba intrigado con un individuo que cedía el turno cada vez que llegaba un nuevo demandante de dedicatorias. Sería uno de esos pelmazos que no te quitas de encima ni con los antidisturbios. Cuando sus miradas coincidían, indefectiblemente el cazador de autógrafos la desviaba con presteza. Benito despachó a los tres últimos antes de enfrentarse al pelmazo. Este depositó dos libros sobre la mesa, eran su primera y la última obra, aquella aparentaba haber sido leída miles de veces.
—¿Cuál es su nombre?
—Salvador… Salvador Ibáñez…
—No hombre, me refiero al de usted, ese es el nombre de mi personaje.
—Sí… Salva Culoblando… no recuerdas, perdón no recuerda…
—Sí, claro que recuerdo, es el protagonista de esta  —señaló la novela más ajada.
—Soy el auténtico… el de la calle del Rosal… ¿recuerdas cuando éramos niños…?
—¡Coño, Culoblando!, ya decía yo que me sonabas… ¡Joder! No sabes lo que me alegra verte. Cuantos años…
—Más de cincuenta, me fui del barrio al fallecer mi padre, yo acababa de cumplir los catorce, no quedó más remedio, con la pensión que quedó no daba ni para el alquiler.

—¿Te casaste? Te hacía soltero, como el personaje… con mucho éxito con las mujeres.
—Mi homónimo no se me parece en nada. Aunque ahora vuelvo a estar soltero.

—Tienes que contarme como te fue la vida… cenemos juntos… Vayamos a nuestro barrio y tomemos algo por allí.
—Aquello está muy cambiado, no lo conocerás.
—Algo quedará de nuestra época… algún bar de los que íbamos.
—Cuando me fui… aún no íbamos a bares. No nos dejaban entrar.
—Juraría que recordaba haber ido juntos de copas.
—Hombre algún trago, a escondidas, nos echábamos de la ginebra del padre de Pepito, mientras mirábamos sus Play Boy y nos…
—Yo sigo recordándonos en algún bar. ¿A dónde fuiste a vivir?
—A casa de mis abuelos, con mi tía soltera. Al poco murió mi madre, yo seguí allí hasta que me casé…
—¿Te casaste? Te hacía soltero, como el personaje… con mucho éxito con las mujeres.
—Mi homónimo no se me parece en nada. Aunque ahora vuelvo a estar soltero.
—¿Tu mujer…?
—No, que va, se divorció de mí.
—Querrás decir que os divorciasteis.
—No, un día dijo que quería divorciarse, había hablado con un abogado, me hizo firmar unos papeles en el juzgado, me dijeron que estaba divorciado y volví a casa de mis abuelos.
—¿Y tú, el osado detective, no tenías nada que decir?
— Si ella no quería vivir conmigo… no soy tú intrépido detective… estoy a lo que me digan.

“No poseo una personalidad arrolladora como tu héroe, ni mi vida se desarrolla entre misterios, aventuras y sucesos truculentos, la decisión más heroica que he tomado en los últimos cincuenta años ha sido venir a verte”.

—¿Tuvisteis hijos?
—Uno, con el que no hablo desde el divorcio… sé que tiene una escuela de buceo en el Pacífico, lo vi en “Españoles por el mundo”. Averigüé su dirección, le escribí pero me devolvieron las cartas por desconocido. No quiere saber nada de su padre… ya ocurría desde el divorcio. Él tenía doce años, había un régimen de visitas, pero no quería venir conmigo.
—Otra vez solterito y sin compromiso, como Salvador Culoblando. ¡Ves como os parecéis!
—Yo, ni soy detective, ni atraigo a las mujeres, es más, sé empíricamente que no atraigo ni a una, no poseo una personalidad arrolladora como tu héroe, ni mi vida se desarrolla entre misterios, aventuras y sucesos truculentos, la decisión más heroica que he tomado en los últimos cincuenta años ha sido venir a verte. Tenía mi vida distribuida entre el banco, la partida de dominó y el televisor. Ahora ya ni el banco. La gran aventura de mi vida es comprobar los resultados de la quiniela. La única vez que atracaron mi banco, yo estaba en el médico.
—¡Ay, Salva!, eso es porque no vives el personaje que llevas dentro. Tú, huérfano de un policía caído en acto de servicio, tú que te buscaste la vida en los barrios marginales, adquiriendo conocimientos que luego te harían el mejor detective de la ciudad, tú que medras entre los poderosos, tú que eres temido por los delincuentes y amado por las mujeres. Ese eres tú, aunque no te hayas decidido a vivirlo. Cuando te desprendas de ese barniz de timorato social, triunfarás.
—Benito, mi padre no era policía, era sereno y murió mientras pedía el aguinaldo, porque un borracho se subió a la acera con un motocarro y lo arrolló. No tuve que ganarme la vida en barrios marginales, mi tía me consiguió una plaza de botones en el banco. Todo lo que sé de la vida lo aprendí en el banco, en el periódico y en la iglesia, donde conocí a mi mujer y donde permanecimos algunos años, luego la abandonamos y más tarde mi mujer nos abandonó a mí y a las enseñanzas que habíamos obtenido, y se convirtió en un pendón desorejao. No soy detective, soy un oficial bancario, prejubilado, de los potentados y de los delincuentes solo sé por la prensa y lo que dice la tele, los clientes que yo atendía en el banco eran trabajadores como yo y de mujeres solo conozco a las de un lupanar por el que voy muy de tarde en tarde.
—Vamos a tomarnos algo y luego buscamos sitio donde cenar. ¿Te hace?
—Lo que tú digas, Benito…

Del relato El personaje
—Querrás un bourbon ¿No es así Salva?
— ¿Bourbon? ¿Yo? No, Benito, no. Yo no tomo alcohol. En las celebraciones, a veces, me tomo media cerveza y voy borracho.
—Entonces, ¿qué quieres beber?
—Me tomaré un café con leche… pero… si vamos a cenar después, mejor un cortado, que no me quite el apetito.
—Vaya con el detective Culoblando… se va a emborrachar con un cortado.
—No te burles, Benito. Nunca entendí porqué le diste mi nombre a tu personaje. Nunca hice nada importante. Cuando me divorcié mi mayor problema era saber quién me diría lo que debía hacer para seguir viviendo. Siempre he sido un indeciso, no te puedes hacer una idea de lo que me costó decidirme buscarte.
—Que has tenido que pensártelo para venir a verme… ¿A mí? ¿A tu amigo de la infancia?
—Han pasado muchos años. Tú eres muy popular y ni siquiera me habías reconocido.
— ¿Acaso tú me reconociste?
—Sí, yo he seguido tu trayectoria desde que empezaste a publicar, tengo todas tus obras, y por las fotos de las solapas y las entrevistas en la tele, siempre he sabido como eras.
— ¿Por qué nunca me buscaste hasta ahora? El ejemplar de la novela en la que eres protagonista, es de la primera edición. ¿No lo habías leído hasta ahora?
—Lo leí en cuanto salió, y lo he vuelto a leer decenas de veces, lo tengo memorizado.
— ¿Tanto te gustó?
—Sí, era la vida que no supe o no me atreví a vivir, pero que podía leer cuando quisiera. Cada vez que la leía, me veía en medio de aventuras… sin ningún riesgo.
—¿Y viendo que había usado tu identidad, no se te ocurrió llamarme?
—Sí, lo pensé.
—¿Por qué no lo hiciste?
—Es que… en ese momento yo… Coincidió con el período en que mi mujer acababa de dejarme, en ese tiempo no sabía ni qué debía hacer al salir del trabajo si no me lo decían. Mi mujer ya no estaba para decírmelo… dejaba que las cosas fueran sucediendo a mi alrededor.
— Pero tú, el detective Culoblando, no soportas que nadie te diga lo que tienes que hacer.
—Benito, por favor, no me asimiles a tu personaje. Eso duele.
—El personaje me lo inspírate tú.
—¿Cómo te lo iba a inspirar yo? Si dejamos de vernos cuando teníamos catorce años.
—Ya apuntabas como serías, eras el más inteligente del grupo, el que hacía las deducciones, el que acertaba lo que dirían nuestros padres tras alguna trastada, el que…
—El que tenía un culo gordo y blando. Ese era yo y solo ese.
—Eso también es verdad, y así lo cuento en la novela.
—Es la única verdad sobre mí en la novela.
—No seas así, siempre te vi como el detective Culoblando, siempre te tuve por audaz, arrojado, independiente y… con las chicas siempre rondándote.
—Efectivamente tú viste así al personaje que habías creado al dictado de tu fantasía, decidiste llamarlo como yo y a partir de ese momento tu creación me sustituyó en tu mente.
—Pero Salva… –Por primera vez en su vida Benito no sabía que decir.
—Con las chicas pasaba igual, se acercaban a mí cuando querían estar tranquilas, a mi lado estaban seguras, no temían que les metiesen mano o que las besaran por sorpresa. Las oía comentar las fantasías que les metías en la cabeza para camelártelas, se te daba muy bien, las sentabas en el trono que soñaban ocupar, les decías lo que ansiaban escuchar y ellas encantadas de oírlo, no pensaban en ningún otro tío más que en ti. Conmigo hiciste igual, creaste el héroe que yo soñaba ser, le pusiste mi nombre y confiaste que el azar me hiciera conocerlo y así sucedió, compre el libro, me halagó, pero no caí en la tentación: yo me conozco y sé quien no soy.
—Nunca pretendí reemplazarte, nunca intenté sustituirte… siempre expresé las cosas como las veía, como pensé que eran, yo te veo así… te admiro como al héroe de mi novela.
—Construyes el personaje, creas su mundo y cierras los ojos a cualquier dato que pueda enfrentarse a tu creación. Mírame, Benito, y dime ¿ves en mí al ser audaz, al que entra en un bar de alterne, mira desafiante a la concurrencia, se dirige al barman, pide un Bourbon doble y una rubia simple? ¿Crees que sería capaz, tan siquiera, de desafiar con la mirada a la cerillera del puticlub?
—Pues ahora que lo dices… yo… ¿entonces crees que me he estado mintiendo…?
—No has engañado a nadie, y mucho menos a ti mismo, has creado una ficción con unos personajes que son tan solo hijos de tu portentosa imaginación y a los que has querido humanizar y darles la verosimilitud con el nombre y los rasgos de quienes conocías.
—De todas formas, Salva, creo que tienes un concepto muy pobre de ti mismo. Tienes la autoestima por los suelos. Eres capaz de mucho más de lo que crees.
—Entiendo perfectamente cómo se sentían las chicas, ¿has pensado meterte en política?

“Paró ante el puticlub que había frente a su casa, en el que nunca había entrado. Sin dar tiempo al arrepentimiento, entró en el establecimiento empujando violentamente la puerta”

Cenaron juntos, Benito con su calenturienta imaginación amenizó la velada y trató que su amigo tropezara con su autoestima, empresa harto compleja, Salva lo escuchó y evocó la vida que no vivió. Al acabar Benito propuso tomar unas copas, pero desistió ante la acogida de su amigo. Triste por no haber estimulado a Salvador, pidió un taxi y le ofreció acercarlo a su casa.
—Déjalo, Benito, vivo cerca, aprovecharé para pasear un poco.
Anotaron sus números de teléfono y se despidieron. Salvador inicio cabizbajo el camino hacia su casa y al poco comenzó a caminar con más aplomo del que tuvo en toda su vida.
Paró ante el puticlub que había frente a su casa, en el que nunca había entrado. Sin dar tiempo al arrepentimiento, entró en el establecimiento empujando violentamente la puerta, miro desafiante la exigua clientela, nadie respondió a su provocación, ni siquiera lo miraron, se dirigió a la barra tras la que se pintaba las uñas una madura prostituta trasmutada a camarera.
–¿Que vas a querer, chato?
–Un Bourbon doble y una rubia simple —se oyó decir a sí mismo con un desparpajo que lo sobresaltó.


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