Cuento chino

Dicen que ese pueblo vivió feliz a lo largo de toda su historia.

Érase una vez un país en que todos sus políticos eran honestos, justos, dignos de la confianza depositada en ellos. Eran rectos, de trayectorias intachables,  racionales aunque sensitivos, prudentes no obstante provistos de audacia, reflexivos pero diligentes, congruentes con los ideales expresados, apasionados pero ponderados, previsores pero sin dobleces. Sentían empatía hacia sus administrados, solo prometían lo que pensaban cumplir, vivían únicamente de sus parcos salarios, nunca buscaban protagonismo, ni popularidad, eran entrañables, cordiales, sentimentales pero ecuánimes, ilusionados con sus objetivos, para cuya consecución nunca desmayaban. No se dejaban querer por los mercados, no prevaricaban, ni se veían envueltos en cohechos, jamás mentían, no se sometían a los dictados del capital, aunque este se designara como economía global. No aprovechaban sus cargos para hacer proselitismo, ni se veían inmersos en prácticas de clientelismo, eran vehementes en sus compromisos, no eran sectarios con sus no votantes, siempre estaban en sus puestos, en cualquier momento recibían a sus administrados y les explicaban la labor que desarrollaban, no despotricaban cuando se les observaba algún error y ante todo eran eruditos, cultos, instruidos y estudiosos. Dicen que ese pueblo vivió feliz a lo largo de toda su historia.
—Y eso ¿es un cuento?
— ¿Tu qué crees?
—Chino, oiga.

Alberto Giménez Prieto “Lumbre”


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